AURORA REYES
LA MÁSCARA DESNUDA
(Danza mexicana en cinco tiempos)
Roberto López Moreno

Cuando conocí a Aurora Reyes sentí que un pincelazo de Diego se había escapado de la tela o del muro y que de pronto estaba ahí, mujer del desierto de Chihuahua, con sus venas, sus latidos, sus ojos inundando la sala con la lectura de sus poemas contundentes; auténtica mujer mexicana con dos trenzas amarradas por encima de la cabeza como un “sol redondo y colorado como una rueda de cobre”.

Y es que en realidad, íntima amiga de Diego y Siqueiros, Aurora Reyes no era más que la prolongación, con faldas y con versos, del aliento de aquellos grandes muralistas; la poesía que generosa nos daba, sonaba a un tambor dentro de aquellos pechos en incendio, en armas, amotinados, vencidos y vencedores continuos, es decir, mencionaba a México en su más pura esencia.

Lenta, parsimoniosamente, dejaba caer, más bien, desgranaba el maíz de sus metáforas, los verbos de su poesía, de una fuerza y colorido idénticos a los de su pintura; porque Aurora también fue pintora (la primera muralista mexicana), un arma más que esgrimió con maestría para sostener sus ideas acerca del mundo y de su tierra, En sus palabras tomaba vida cada surco con sed que ella había pisado en su largo recorrido por los caminos polvorientos; A veces, como en su poema A ti marimba toda la lubricidad de la selva chiapaneca cabía en sus palabras.

Así fue como Aurora Reyes nos fue presentando a través de sus visiones poéticas la entraña viva de la patria, y fuimos sintiendo la fatiga y la sed al caminar incansables bajo el sol agobiante del desierto y empezamos a nadar sobre las corrientes de los ríos o a vivir en medio del aroma de frutales inagotables.

La voz lenta, ondulada, de Aurora Reyes nos fue acercando desde entonces a lo mejor de nuestras raíces. En su poema Epístola a Fuensanta de su libro “Palabras del desierto” incluido en el tomo “3 Poetas Mexicanos” de la Federación Editorial Mexicana, nuestra poetisa nos acerca a los amores y afectos que palpitaban en la vena de Ramón López Velarde, en los que finalmente nos venimos reconociendo porque los suyos son también nuestros amores y nuestros afectos. Nos dice la escritora: “Todos están: vultúrido, zenzontle / y canario inocente,/ congregando en tu iris/ esa vital pasión ambivalente de ser azúcar y ser sal”.

Y agrega más adelante: “Fuensanta: tú conoces el mar, sabes que es menos grande y menos hondo/ que la hondura sin fondo del pesar./ Sabes que el territorio es un fino retablo/ que por treinta dineros se está llevando el diablo”. Para después sumar: “Fuensanta, dame todas las lágrimas del mar que el poeta sin patria ha de llorar./ A fuerza de perderte/ cada día te has convertido, amor, en lotería”.

Así, la voz nacional se va extendiendo sobre nuestro ánimo, como una minuciosa radiografía de nuestro interno geográfico y nuestros paisajes morales: en Estancias del Desierto, por ejemplo, nos dice lo siguiente: “Esqueleto del mar, puerto de ausencias/ Cauce desierto de la mirada;/ al amor infinito de tu música,/ raíz perdida, forma desolada./ Eres el rostro vivo de la muerte: sobre tu cuerpo, traicionado viaje,/ bajo tu piel mil bocas solitarias./ Polvo errante y sombrío./ Abismo en celo./ vena seca de olvido y de nostalgia,/ Muerde tu corazón lúgubre queja/ ..... (En tibio lecho el agua de los mares nace amorosa el sueño de las barcas)”.

Si los murales de Aurora Reyes como los que se encuentran en el Centro Escolar Revolución (antigua cárcel de Belén) y en el Auditorio del sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, no describieran con fuertes, con violentos trazos, si se quiere, todo el dramatismo de nuestro proceso social, de nuestro paso incierto hasta fincar nuestra verdadera nacionalidad, si no fuera denuncia, y la representación del abandono y la desesperanza rurales, del atropello y la imposición, se podría decir que este otro poema Estudios en Otoño es de las manos del artista, un mural de vidaSi los murales de Aurora Reyes como los que se encuentran en el Centro Escolar Revolución (antigua cárcel de Belén) y en el Auditorio del sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, no describieran con fuertes, con violentos trazos, si se quiere, todo el dramatismo de nuestro proceso social, de nuestro paso incierto hasta fincar nuestra verdadera nacionalidad, si no fuera denuncia, y la representación del abandono y la desesperanza rurales, del atropello y la imposición, se podría decir que este otro poema Estudios en Otoño es de las manos del artista, un mural de vida: “Piña,/coronada esmeralda./ ¡Clara niña!./ Tejocote de miel. Amigo rural. Pecas en la piel./ Fresas, coral camino./ Adolescente labios del valle/ tendidos al rocío./ Naranja,/ risa de oro./ en cada poro un sol te danza./ Lima, verde mujer./ Los varones del viento tienen sed./ Ciruela,/ señorita que se licua bajo la piel/ cuando el aire la roza sin querer./ Uva, tierno cristal./ Penumbra. En luz y en sombra tus ojos dicen el mar”.

Para completar es de citarse su poema A ti, Marimba en donde expresa: “A ti, marimba, que abres/ una sonrisa de madera cálida/ al potro de la lluvia/ que galopa en tu pecho./ Tus fibras vegetales, que no olvidan / el llamado del agua,/ se pueblan nuevamente/ de cantos en oleaje./ Como cuando eras verde”. Mas adelante concluye el poema: “A ti ágil marimba,/ donde empieza y termina la danza de la selva,/ he querido decirte/ que, corazón adentro,/ tu música/ gotea “.

La poetisa nació en Hidalgo del Parral, Chihuahua, sufrió y vivió con su pueblo, vocación que manifestó públicamente desde su paso por aquella Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, en la que militó, codo con codo, junto a intelectuales como Silvestre Revueltas, David Alfaro Siqueiros, Juan de la Cabada, Juan Marinello, José Mansicidor, José Revueltas, María Izquierdo y tantos otros que han sido definitivos en la revolución de nuestras manifestaciones estéticas. Uno de sus principales poemas es Hombre de México, pieza de vital importancia que señaló el camino de la protesta político-poética buscado con ansia por los jóvenes poetas de aquellas generaciones.

Este poema fue leído ante Lázaro Cárdenas, a quien fue dedicado, y en lo llanos ejidales en donde se dijo, la respuesta fue el estrépito de varias descargas de los campesinos, que con sus armas saludaban el poema.

He tratado de bocetar en rasgos muy generales la figura de Aurora Reyes antes de hablar de uno de sus poemas claves, La Máscara Desnuda.

Infinidad de ensayos, de estudios profundos y someros, de comentarios chuscos y en serio, se han escrito acerca de la muerte en el mexicano. El tema ha sido abordado exhaustivamente por estudiosos como el maestro Samuel Ramos hasta el ensayista y poeta Octavio Paz pasando por especialistas como Aniceto Aramoni y otros. En los estudios sobre nuestro folklore es tema obligado, porque se quiera o no, es algo tan compenetrado en nuestro pueblo que forzosamente se cae en él. En esas circunstancias nos encontramos a la muerte, ya como tema filosófico, ya como tema sociológico, o poético o vernáculo. Hablamos tanto de Muerte sin fin como de la calaca rumbera y petatera que va de feria en feria en busca de un grabador que dizque se llama don José Guadalupe.

De todos es conocido el que antes de que desembarcaran los españoles, las civilizaciones que habitaban estas tierras mantenían un especial culto a los muertos, manifestado en solemnes ceremonias que más tarde trataron de fucionar los conquistadores -y de hecho fue un logro para ellos- con los ritos cristianos. Para aquellas civilizaciones precortesianas la muerte era tan importante que constituía una nueva forma de vivir, una nueva fase del ciclo que daba principio con el perro que se encargaba de pasar a los muertos a través de un río de sangre, y era toda una rotación incansable porque el sol, el gran tlatoani al convertirse en Mictlantehcutli, amo y señor de la sombras del Mictlán, reino y reposo de los muertos, se lanzaba de cabeza, a la oscuridad únicamente para volver a salir de las entrañas de la tierra con la cara de Cipactli, la primera luz que todo lo ilumina, para volver a despertar al mundo, para volver a empezar.

Pero la muerte espera de nuevo, siempre ahí la muerte, presente en los 18 meses del año mexica, embadurnado con la sangre de los sacrificios divinos, el agua, el aire y la piedra de toda aquella construcción guerrera y religiosa, y también poética, como la metáfora pétrea de una Coatlicue bella y terrible, sin rostro aparente pero con las caras cinceladas de la vida y su sombra, de una Coatlicue dura y suave, esposa y madre de la deidad bélica.

Ya desde entonces señalaban los poetas: “¿Adónde iremos/ donde la muerte no existe?/ Mas, ¿por qué esto viviré llorando?/ que tu corazón se enderece:/ aquí nadie vivirá para siempre. Aún los príncipes a morir vinieron,/ hay incineramiento de gente. Que tu corazón se enderece:/ aquí nadie vivirá para siempre/ Por fin lo comprende mi corazón: escucho un canto,/ contemplo una flor..../Ojalá no se marchite”. El mismo Nezahualcóyotl resuelva en otra parte: “¿A dónde pues iremos ....?/ Enderezaos, que todos/ tendremos que ir al lugar del misterio....”

La iglesia católica, durante el proceso de mestizaje, largo y doloroso, como lo asientan las diferentes cronistas y como es fácil imaginar, hizo coincidir las diferentes fechas en las que los precortesianos celebraban inmolaciones y ofrendas a sus dioses con las fechas de los ritos cristianos. Surgió entonces que la civilización autóctona persistía abajo del nuevo ceremonial, seguía ahí, presente, debajo de cada piedra, atrás de cada montículo, en medio de cada rueda de danzantes, en el humo del copal y en la oración masticada a media voz. Fue así como empezó a surgir una nueva visión de las cosas, en medio de la confusión que produjo aquel caos del quinto sol en desplome: “Estrella del oriente/ que nos dio su Santa luz/ es hora que sigamos el camino de la cruz/ el camino de la cruz./ Revoleando el estandarte/ de la Malinche Isabel/ de la Malinche Isabel/. El rey Cuauhtemoctzin/ de todo corazón tomó la disciplina/ para dar ejecución/ para dar ejecución/ Cuauhtémoc viene adelante y Carlos V con él”.

Una de esas viejas tradiciones prehipánicas que quedó con mayor fuerza arraigada en el corazón popular y que persiste hasta la fecha con su consiguiente barniz de cristiandad es el Día de muertos, que se celebra cada dos de Noviembre revestida con las características de la nueva religión. Hasta hace algunas decenas, esa vieja costumbre de adorar a los muertos y de ponerles ofrendas anualmente, en las que predominan el pan dulce, las calaveras de azúcar y los alimentos de que gustaban a los desaparecidos y que se suponía esa noche regresarían a seguir paladeando, estaba revestida de un antañón misticismo, ahora en nuestros días, en las poblaciones más características por este tipo de festejos religiosos paganos, la fecha se ha convertido en un motivo más para el auge turístico, y en gran parte se monta el tinglado para los nuevos fines.

Pero actitud mística o turística, la muerte ahí está, en cada una de las células del mexicano, en cada ¡Viva México! de cada 15 de septiembre por 364 días de silencio; en cada volado, giro al cielo, en el que se pone en juego el día que aún no ha amanecido; en cada película de Jorge Negrete o Juan Orol o el Indio Fernández; en cada rosa que se abre como vientre ardiendo o en cada muerto que se muere nuevamente, para seguir viviendo de por vida con su muerte a cuestas.

Mucho se ha escrito acerca de que el mexicano ve con desprecio la muerte, se burla de ella y se va a danzonear con la misma en el patio de vecindad de enfrente. Sicólogos reputados dicen también que ese aparente desprecio, que esa aparente burla, no refleja otra cosa más que el infinito temor que el mexicano siente por la muerte, debido a la falta de realización individual y colectiva, porque en estos casos la muerte lo sería todo... y nada más... definitiva.

Y mientras tanto, nuestra amiga, la muerte, se pasea por los empedrados de las calles rurales, con un grito alcohólico en la garganta, un escupitajo desguarachado y una pistola amarrada en el cinturón; se recoge solemne entre los rezos de la solterona que habita un caserón de provincia; sale a la calle rodeada de estudiantes y pancartas y empieza inventar Tlatelolcos históricos; sale por el humo del silbato de las ocho, de las factorías; se pasea en medio de la riña de cantina: “nos vamos a morir como Dios manda”, y recita los versos de “El Ánima de Sayula”, ordena las cuartillas escritas por José Revueltas y Juan Rulfo; se enreda entre los poemas de López Velarde y desde la punta de la Torre de la Latino, donde “cada hora vuela, ojerosa y pintada en carretela”, termina por mandarnos a todos al carajo....... o a nuestra respectiva, individual y pequeña muerte. Y aquí está que los poetas, repepenan el tema de cada poro de la tierra en que nacieron y pisan, y cada quien es el arquitecto de su propia lírica muerte o mira a través del vidrio espeso o ralo de su ventana los estragos de la muerte en los cuerpos y en las cosas, y lo sienten y lo interpretan como les haya ido con ella, propiciando en esa forma, una diversidad de visiones sobre el mismo hecho.

Así tenemos cómo un Manuel Acuña se sumerge en sus reflexiones positivistas cuando contempla el cadáver cuyo cráneo en vez de ideas, una vez desposado con la tierra empezara a dar flores: “En tanto que las grietas de tu fosa/ verán alzarse de su fondo abierto/ la larva convertida en mariposa/ que en los ensayos de su vuelo incierto/ irá al lecho infeliz de tus amores/ a llevarle tus ósculos de muerto”.

Y en medio de esos cambios interiores/ tu cráneo, lleno de una nueva vida,/ en vez de pensamientos dará flores”. Uno de los más trascendentes poemas mexicanos con el tema de la muerte es éste, Ante un Cadáver, de Acuña, en el que establece su sentencia dentro de un materialismo mecanicista: “¡Miseria y nada más!, dirán al verte/ los que creen que el imperio de la vida/ acaba donde empieza el de la muerte./ Pero, ¡no! Tu misión no está acabada, que ni es la nada el punto en que nacemos/ ni el punto en que morimos es la nada”.

Otro poema sobre el tema es Muerte sin fin de José Gorostiza, considerado como una de las más grandes obras escritas en México “muerte sin fin de una obstinada muerte,/ sueño de garza anochecido a plomo/ que cambia sí, de pie, mas no de sueño,/ que cambia la imagen/ mas no la doncellez de su osadía./ ¡Oh inteligencia, soledad en llamas!/ que lo consume todo hasta el silencio,/ sí, como una semilla enamorada/ que pudiera soñarse germinando,/ probar en el rencor de la molécula/ el salto de las ramas que aprisiona/ y el gusto de su fruta prohibida,/ ay, sin hollar, semilla casta,/ sus propios impasibles tugumentos”. Muerte sin Fin es un poema de reflexiones filosóficas, en él, Gorostiza se va de paseo con la metafísica, y empieza a escribir metáfora por metáfora, línea por línea, un poema logrado con la tinta más concentrada del cerebro, empieza a levantar toda una arquitectura erigida a la inteligencia: “¡Oh inteligencia, soledad en llamas,/ que todo lo concibe sin crearlo!/ finge el calor del lodo, su emoción de substancia adolorida,/ el iracundo amor que lo embellece/ y lo encumbra mas allá de las alas/ a donde sólo el ritmo/ de los luceros llora,/ mas no le infunde el soplo que lo pone en pie/ y permanece recreándose en sí misma”.

Hay otro gran poema sobre el mismo terma: Algo sobre la muerte del mayor Sabines y aquí la muerte se pasea frente las narices del poeta, bailoteando sobre el cuerpo del padre canceroso, al que destruye, devora hábilmente; la muerte, aquí, en su manifestación más material: “No ha habido hora más larga que cuando no dormías,/ ni túnel más espeso de horror y de miseria/ que el que llenaban tus lamentos, tu pobre cuerpo herido”. En este poema Jaime Sabines encuentra la muerte en el cuerpo de su padre, en el cáncer, que le hace gritar desesperado “A la chingada la muerte!, dije,/ sombra de mi sueño,/ perversión de los ángeles,/ y me entregue a morir/ como una piedra al río, como un disparo al vuelo de los pájaros”.

Otras muertes hay en otros poetas, como la de Xavier Villaurrutia, bailoteando de espejo a espejo, recostada en los cojines y en el alfombrado de una burguesía media desahogada, preconizando con la muerte de su muerte, la muerte de ciertos hábitos propiciados por ciertos modos y sistemas de vida que la historia superará dándoles fin definitivo. Pero también hay muertes marineras como las de Juan Bautista Villaseca: “dicen que la muerte besa todo lo que se nos va,/ libro abierto, muro roto,/ ¿qué es lo que esperan los puertos que no caminan al mar?”.

Los poemas Algo sobre la muerte del Mayor Sabines y Muerte sin fin, son sin duda, los más representativos de nuestra poesía acerca de este tema, sin excluir la décimas de muerte de Xavier Villaurrutia y algunos poemas de López Velarde y Efraín Huerta, así como Ante un cadáver de Manuel Acuña. Pero si partimos de la base de que los dos grandes poemas citados, los clásicos por así decirlo, se sustentan, uno, en consideraciones filosóficas, el agua (el alma), el vaso que le da forma, (Dios), la vida, la muerte sin fin, y el otro, en la descripción muy particular del deceso de un ser amado, nos encontramos con que si queremos hablar de una poesía mexicana de la muerte, de una auténtica poesía mexicana de la muerte, habría que buscar otro poema, tan grande como los mencionados, pero cuya construcción tuviera en sí la savia y las palpitaciones de nuestros mitos y de la piedra oscura y silenciosa de la que estamos hechos.

Ese poema está escrito desde hace mucho tiempo, se trata de La Máscara Desnuda, y he aquí que la figura de Aurora Reyes se nos vuelve a presentar, sobria, transparente, con sus trenzas amarradas por encima de la cabeza como un “sol redondo y colorado como una rueda de cobre” y con su “ídolo de piedra entre los brazos”.

El poema es de una profunda mexicanidad, plasmada en 140 versos por donde transitan con dolencias y dulzuras la vida y la muerte mexicanas, la vida en la muerte, y la muerte en sí misma, canto macabro y bello, acariciante y estremecedor, “Danza mexicana en cinco tiempo”, otra vez Coatlicue en el centro de las hogueras verbales:

Porque tu larga mano que mide las raíces
habita una semilla de tactos estelares,
un útero infinito que repite la vida
en las arquitecturas del sueño y la armonía.

Porque en la superficie hay un hijo que crece,
un árbol que culmina, una palabra nueva y solidaria,
un testamento activo, una noticia
para la libertad y la belleza.

De este gran poema dijo el maestro Arqueles Vela:
“Los fenómenos de la vida interior, el sentimiento de lo que no llega, la noción del mundo que acaba en las mismas cercanías de la existencia, se convierten, en la poesía de Aurora Reyes, en una conciencia de su yo, en la identificación de sí misma, como en la reversión de la realidad que se adentrara hasta lo desconocido de su propia entraña; en los litorales en donde aún las soledades y angustias aparecen con la contextura del agua que se petrifica y del fuego que se quema y de la tierra que se eterniza en polvo... Es la imagen de sí misma que se multiplica en el infinito”.

Otro escritor, Juan de la Cabada, opinó:

“Aurora Reyes no es una literata. Aurora Reyes es una poeta. Todo poeta es un destino. Creo que La Máscara Desnuda –este poema suyo- evidencia esa inmanente identidad de lo que un destino contiene de simbiosis sustantiva entre las realidades de una vida y la mágica imagen que con su voz denuncia la presencia del poeta”.

Pero volvamos al inicio de “La Máscara Desnuda”:

Apareces de golpe dentro de mí, dorada
por un oro manchado de musgo verdinegro.
Ola petrificada del árbol de la vida
creciendo y apretando la sal del esqueleto.

En lo más entrañable de mi ser ejecutas
las invisibles líneas del rostro verdadero,
entregando al proyecto sin límite del polvo
las columnas del vuelo.

¡Que perfecta y antigua simetría,
que congelada actividad te anuncia,
que inerte dimensión te identifica!.

Comprendo la serpiente vertebral de la danza
prisionera en el eje de su reino vacío,
la angustia del compacto poder con que se anuda
a su tallo, la ausencia dura del equilibrio.

La Máscara Desnuda es para otros:

“Poesía del pensamiento, poesía cerebral, fuerte en su articulación, de hondura, de dimensión filosófica y con recia nervadura indigenista y savia ancestral. Con colores sustantivos: uvas doradas, verdinegro, nomeolvides, vestido amarillo, etc., que más que rima es música y color, más que palabra estática es piedra estremecida de antiguas resonancias...Teponaxtli y pirámide...que en su base es amplia y sólida y en la altura descubre con sus líneas firmes y convergentes los planos que en su vértice son un punto geométrico de luz y color, de matemática pura que corona el sol...
“En este ascender, descubrir y redescubrir la realidad profunda y la esencia concentrada de los siglos se identifican, cultura y esqueleto, fósiles y arqueología”:

He tocado los altos escalones de niebla
que presiden la noche de tu templo iracundo,
he escuchado el molino que mastica el silencio
que es como alimentarse la muerte de sí misma,
he alcanzado tu frente coronada de cráneos
bajo el signo desierto de un abrazo de piedra.

De pronto aparece el ritmo, la danza mas marcada de sí misma y la poetisa ofrece a la muerte en el papel del verso, un punto de identidad ya establecido en el papel de la realidad, dame muerte tu copa, toma muerte la mía.

toma muerte esta copa de luto
derramada en el río salobre:
la tendrás que llenar con tu nombre.

Dame muerte tu máscara blanca.
Quiero ver por tus ojos de abismo
que hay un niño detrás de tu cara.
Toma muerte mi copa quebrada...

Y Aurora Reyes, siempre tan mexicana, siempre tan poetisa, siempre tan ella, no hubiera podido concluir su poema en otra forma:

Yo vestiré mi muerte de amarillo
con camisa de sal y ojos de uva,
adornaré su pie de cascabeles
y la coronaré de nomeolvides.

Aquí, sobre tu trono de oropeles
y tu manto de larvas y lamentos:
¡Mira la vida, mírala de frente!
Calavera de azúcar, dí: ¿Quién eres?

Después, en la última cuarteta, nos presenta el cadáver del sol hecho pedazos.